Dos poemas (Luljeta Lleshanaku)

Lo desconocido


Cuando nace un bebé, le damos el nombre de un antepasado,
así el reciclaje continúa. No por nostalgia
sino por miedo a lo desconocido.

Con una maleta llena de ropa, unos cuantos íconos, y un cuchillo
     que brilla,
el inmigrante trajo consigo nombres de lugares de proveniencia
y los lugares que reclama haber nombrado son Nueva Jersey, 
     Nuevo México,
Jericó, Nueva York y Manchester.

Para lo desconocido encima de nosotros, la misma condición:
nombramos planetas y estrellas por dioses caprichosos, 
     vengativos–
Marte, Júpiter, Saturno, Venus, Centauro–
como si hiciéramos un escudo contra el cosmos.

Los nombres se arrojan encima como perros de caza,
con la creencia de que limpian del camino
los inesperados obstáculos del viaje.

Y llamamos “destino” a lo que desconocemos en común,
palabra sin género, no conjugable, imprecisa.
Su autoridad cuelga de un hombro
como la túnica de un senador romano
dejando un solo brazo desnudo, libre.



El acuerdo


Nada nunca sigue igual.
Taladas, la acacia y la higuera.
Bajo la sombra de las hojas de la higuera,
un Buda bebé solía vaciar su estómago,
no su mente.

El amoblado ya no está. Tampoco las cartas de la cárcel
La chaqueta de dos pliegues fue lo último que se botó,
esa con docenas de botones, que hedía a naftalina,
una reliquia de los 40’s.

La misma dosis de estrógeno
alisa las cargas en las caras de las personas,
y el balcón que fue golpeado por una bala de cañón
ahora tiene una crecida doble pera.

Por la tarde, el imam llama a la oración.
Esto, tampoco había ocurrido antes. Entonces,
la gente usaba el instinto cuando elegía
entre el bien y el mal, o el cielo y el infierno,
si acaso existían.

“Yo vine a escribir,” le expliqué.
“¿De verdad? ¿Y de qué hablas en lo que escribes?”
me preguntó mi tío, incrédulo.

Él es capaz de distinguir entre “hablar” y “escribir”;
entre un salmo y un suspiro.

Su voz se mezcla con otra de la televisión
como lo hace un corazón que late con el ritmo de un marcapasos
implantado al otro lado del pecho.

Solo mis ojos no han envejecido, ojos de testigo,
inútiles ahora que la paz se hubo acordado.


de: Negative space (2018), traducido del albanés al inglés por Ani Gjika.

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